Punto de partida
Los griegos establecían una diferencia entre zoe y bios. Mientras que zoe
nombraba el simple hecho común de vivir de todos los seres humanos, bios significaba los modos propios de
vivir la vida de un individuo o de un grupo, es decir las potencias, lo que
superaba la supervivencia, lo que se construía.
Un ser de potencia es un ser cuyas posibilidades son
múltiples, un ser que puede elegir y desarrollar particularidades. Opuesta a esta idea de potencia, el filósofo
Walter Benjamin -retomando la idea de los griegos- habló de la nuda vida, es decir la que está atada a
la zoe, a lo dado, a lo determinado.
Un ser de nuda vida es alguien que ha perdido sus potencias,
que no puede realizarse en las diversas facetas de la existencia. Algunas condiciones sociales producen nuda
vida, aquellas que excluyen, que recortan las oportunidades de expansión
subjetiva, aquellas que dan por sentado que la pobreza o la ausencia de espacios
y producciones culturales son condiciones dadas e inamovibles.
Los niños también pueden vivir una nuda vida (muchos niños viven nuda
vida), cuando entre las condiciones de su vivir no circulan la ternura, el
juego, el miramiento, cuando las familias han perdido sus potencias y el mundo
que los aloja los vuelve invisibles. Los jóvenes, los ancianos, todos los que
habitamos este tiempo estamos en riesgo de nuda
vida.
Crear cultura es generar sucesivos sistemas de desplazamiento
simbólico, potenciar el bios por
sobre la zoe. Pero construir espacios
y tiempos de creación en el mundo contemporáneo, entre las múltiples facetas de
este “tiempo líquido”, como lo llama Zygmunt Bauman, en el que las redes de
contención social caen víctimas del desconcierto propio de la “era de la
fluidez”, tecnocrática, informática, donde las matrices vinculares adquieren
nuevas texturas, no siempre incluyentes de la necesidad humana de escucha,
sostén, invención, relación entre los cuerpos, no es tarea fácil. Vivimos un
tiempo de individualidades esparcidas:
“En algún momento –dice Bauman- la amistad y la solidaridad,
que eran antes los principios materiales de la construcción comunitaria, se
volvieron muy frágiles, muy ruinosas o muy débiles. Las penurias y los
sufrimientos contemporáneos están fragmentados, dispersos y esparcidos, y
también lo está el disenso que ellos producen. El mundo contemporáneo es un
contenedor lleno hasta el borde del miedo y la desesperación flotantes, que
buscan
desesperadamente una salida”[1].
El historiador Ignacio Lewkowicz, en un análisis cercano al
de Bauman, pone el acento en las modificaciones que sufren las subjetividades
actuales bajo las coordenadas del mercado neoliberal:
“Todo se juega en el registro de
las prácticas. No todos los biológicamente homo
sapiens son
socialmente hombres. (…) Hoy, todo parece conducir a una
decisión práctica del hombre como
consumidor. El resto de la especie biológica
no queda albergado en la definición de hombre,
queda fuera de las murallas,
fuera de la humanidad. Varía el concepto práctico del lazo [social].
La
relación ya no se establece entre ciudadanos que comparten una historia, sino
entre
consumidores que intercambian productos. Y parece no haber otra dimensión
que la superficie”[2].
¿Qué consecuencias trae a la vida
compartida en nuestros entornos la ausencia del lazo social, o el recambio de
vínculos humanos por vínculos de mercado? ¿Qué efectos producen en la
subjetividad el miedo, la marginación, la invisibilidad social? El mundo que
habitamos reclama intervenciones capaces de reunir lo disperso para construir
significados colectivos, que nombren lo que existe y a la vez produzcan nuevos
significados. Intervenciones que nos permitan inventar, crear, hacer circular,
van en busca de cierta territorialización[3]
creadora para todos nuestros destinatarios, algo así como un intento de combate
contra la nuda vida. Otras capas, otra profundidad en las relaciones humanas,
en los entramados simbólicos de lo comunitario.
El contenido de esta materia lleva a estas reflexiones y
promete la posibilidad real de hacer florecer algunos esquemas para replantear
y mejorar la labor cultural que venimos desarrollando en nuestro ámbito de
competencia. Porque es una labor en la que se requiere el compromiso de todos los que conformamos una comunidad.
Recomendaciones de lectura complementaria:
-LÓPEZ, María Emilia, Didáctica de la ternura.
-YEPES, Luis Bernardo. No soy un gánster, soy un promotor de lectura.
[1] Bauman, Z. (2001) En busca de la
política. Buenos Aires: Fondo de cultura económica.
[2]
Lewkowicz, I. (2004) Pensar sin estado. Buenos Aires: Paidós 3 Dice Gilles
Deleuze: “Construir un territorio es casi el inicio del arte” (Abecedario,
2006).
[3] En
el pensamiento de Deleuze y Guattari “territorialización” significa construir o
inventar.

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